
Manual del facilitador
Cuatro sesiones de una hora · Listas para dar
Antes de empezar
Este curso no está hecho para formar evangelistas. Está hecho para que el hermano que siente que debería hablar de Jesús y no sabe cómo, salga en cuatro semanas con cinco nombres, sin miedo y con una conversación empezada. No necesitas ser predicador ni haber estudiado teología para darlo. Cada sesión está escrita completa: lo que preparas antes, cómo abres, qué texto se lee, las preguntas para conversar, el ejercicio y la tarea de la semana. Léela el día anterior en voz alta y hazla tuya.
Por qué este curso
Hablar de Jesús da miedo, y muchas veces no sabemos cómo empezar. Este curso ayuda justo en eso: perder el miedo, pensar en personas concretas y empezar una conversación con naturalidad.
El giro que lo cambia todo
Hay un campo que todos tenemos muy cerca: la gente que ya conoces. El vecino, el compañero de trabajo, el primo, la comadre. Eso baja el miedo a la mitad antes de empezar, y además es exactamente lo que Jesús le mandó al hombre que había liberado en Gadara. Aquel hombre quería irse con Él, y Jesús le dijo que se fuera a su casa, con los suyos, a contarles.
«Vete a tu casa, a los tuyos, y cuéntales cuán grandes cosas el Señor ha hecho contigo.» Marcos 5:19
Cómo funciona
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Cuatro sesiones de una hora, una por semana. Cuatro semanas seguidas, sin saltarse ninguna.
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Para toda la congregación, desde jóvenes hasta adultos mayores. No hace falta saber nada previo.
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En círculo, no en filas. La disposición de las sillas dice de qué va la reunión antes de que hables.
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Cada participante necesita su cuaderno impreso y un lápiz. Es la pieza donde escribe sus cinco nombres y lleva su seguimiento.
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Al final se entrega certificado a quien asista al menos a tres de las cuatro sesiones.
Cinco claves para ti
1. Habla poco y deja hablar. Tu trabajo es lograr que hablen ellos. 2. Cuenta algo tuyo primero. En cada sesión hay un momento donde cuentas algo verdadero, incluso lo que te salió mal. Cuando tú te abres, el grupo se abre. 3. Agradece cada respuesta. Si alguien dice algo que no está bien, agradece su honestidad y sigue: el grupo necesita sentirse en confianza. 4. Deja que cada quien hable cuando quiera. El que está callado también está trabajando. 5. Acompaña la fidelidad y deja los resultados en manos de Dios. Mira la sección sobre el registro.
Algo que ayuda: algunos participantes llegan con un peso de culpa por no haber hablado antes. Ayúdalos a soltarlo: este curso trabaja con ánimo. Si alguien menciona esa carga, dile con claridad que el resultado no depende de él — uno planta, otro riega, pero el que da el crecimiento es Dios.
«Yo planté, Apolos regó; pero el crecimiento lo ha dado Dios.» 1 Corintios 3:6
Sesión 1 · Por qué no hablo
Pasaje: Lucas 22:54-62 y Hechos 2:14, 37-41
Idea central El miedo a hablar no descalifica a nadie. Pedro negó, y después predicó.
Materiales: Biblias, cuadernos del participante, lápices, papelitos.
Antes de la sesión
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Lee Lucas 22:54-62 (la negación de Pedro) y Hechos 2:14 y 37-41 (Pedro predicando).
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Prepara tu propia respuesta a la pregunta de apertura. Vas a contarla tú primero, con un ejemplo verdadero de una vez que quisiste hablar y no pudiste, o hablaste y salió mal.
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Acomoda las sillas en círculo.
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Reparte los cuadernos al entrar, no al final.
Para abrir (10 minutos)
Empieza sin introducción religiosa y sin explicar el curso. Pregunta directo: «¿Alguna vez quisiste hablarle a alguien de Jesús y no pudiste? ¿Qué te lo impidió?» Responde tú primero, de verdad y sin final heroico. Si tu historia termina en que te quedaste callado, cuéntala así. Esa honestidad es la que abre el grupo. Deja que hablen varios. Anota en un papel los miedos que vayan saliendo, sin nombres: los vas a usar en el ejercicio. Escucha y agradece cada respuesta.
El texto (15 minutos)
Pide que alguien lea Lucas 22:54-62 en voz alta. Este es Pedro. El mismo que había dicho que estaba dispuesto a ir a la cárcel y a la muerte. Y a la hora de la verdad, delante de una criada y de otros dos, gente común, dijo tres veces que no conocía a Jesús.
Pregunta para el grupo: «¿Delante de quién negó Pedro? ¿De un soldado, de un juez, de un rey?» Que se den cuenta solos: fue delante de gente común, calentándose en un patio. No hacía falta una amenaza grande.
Fíjense en el detalle del versículo 61: el Señor lo miró. Y Pedro salió y lloró amargamente. Ese hombre tenía todos los motivos del mundo para pensar que ya no servía. Ahora pide que lean Hechos 2:14 y después 2:37-41. Es el mismo hombre. Semanas después, de pie delante de una multitud en Jerusalén, en la misma ciudad donde había negado, hablando en voz alta de ese mismo Jesús. Y aquel día se añadieron como tres mil personas. Entre una escena y la otra no pasó que Pedro se volviera valiente por su cuenta. Pasaron dos cosas: Jesús lo restauró en vez de descartarlo, y Dios lo sostuvo.
Nadie tiene que fabricarse el valor primero para después servir: Dios da lo que falta.
La conversación (20 minutos)
1. Si Pedro hubiera dependido de su propio valor, ¿qué habría pasado con esas tres mil personas? 2. ¿Qué le dijo Jesús a Pedro después de que lo negó? (Si nadie lo sabe, lean Juan 21:15-17.) ¿Lo descartó? 3. De los miedos que dijimos al principio, ¿cuál es el más común entre nosotros? 4. ¿Cuál de esos miedos es razonable y cuál es más grande en nuestra cabeza que en la realidad? 5. ¿Qué es lo peor que puede pasar realmente si le hablas de Jesús a un vecino?
El ejercicio (10 minutos)
Reparte un papelito a cada uno. Cada quien escribe, sin nombre, el miedo que de verdad lo detiene a él. No el miedo teórico: el suyo. Recoge los papeles, mézclalos y léelos en voz alta, uno por uno, sin comentarlos. Cuando termines, di solamente esto: «Esto es lo que hay en este salón. No estamos solos en esto, y ninguno de estos miedos descalifica a nadie.» Guarda los papeles. En la sesión 4 los vas a volver a sacar.
La tarea de esta semana
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Abre tu cuaderno en la página de la semana 1 y escribe tu propio miedo, con tus palabras.
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Ora cada día esta semana con una sola frase: «Señor, no me pidas que sea valiente solo; ayúdame a hablar de ti.»
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No tienes que hablarle a nadie todavía. Esta semana solo se ora.
Oración de cierre
Señor, tú conoces nuestros miedos mejor que nosotros y no nos descartas por ellos. Gracias porque a Pedro no lo botaste: lo restauraste. Haz lo mismo con nosotros. No nos pidas valor que no tenemos; danos el tuyo. En el nombre de Jesús, amén.
Sesión 2 · Los cinco que ya tengo
Pasaje: Marcos 5:1-20 y Juan 1:40-42
Idea central Dios no te manda a buscar desconocidos: te manda a los que ya tienes cerca.
Materiales: Biblias, cuadernos, lápices.
Antes de la sesión
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Lee Marcos 5:1-20 completo y Juan 1:40-42.
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Prepara tu propia lista de cinco antes de la sesión. Vas a mostrarla, o por lo menos a decir cuántos nombres tiene y qué tan difícil te resultó escribirlos.
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Trae lápices de sobra: alguien siempre llega sin nada.
Para abrir (10 minutos)
Pregunta: «¿Quién fue la persona que te habló de Jesús por primera vez?» Deja que respondan uno por uno, en ronda. Todos tienen respuesta a esta pregunta. Cuando terminen, haz notar en voz alta lo que acaba de pasar: lo más probable es que hayan nombrado a un familiar, un vecino, un amigo, un compañero de trabajo. Cierre: «A nosotros nos alcanzó alguien que ya nos conocía. Eso es exactamente lo que vamos a hacer hoy.»
El texto (15 minutos)
Lean Marcos 5:1-20 por turnos. Es la historia del hombre de Gadara, el que vivía entre los sepulcros y al que nadie podía sujetar. Después de que Jesús lo liberó, la gente del pueblo lo encontró sentado, vestido y en su juicio cabal. Y lo que hizo aquel hombre fue lo más natural del mundo: le rogó a Jesús que lo dejara irse con Él.
Detente aquí. Pregunta: «¿Ustedes le habrían dicho que sí?» Deja que respondan.
Jesús no se lo permitió. Y le dio en cambio una instrucción muy concreta:
«Vete a tu casa, a los tuyos, y cuéntales cuán grandes cosas el Señor ha hecho contigo.» Marcos 5:19
A tu casa. A los tuyos. Ni a Jerusalén, ni a otra ciudad. A la gente que ya lo conocía — que era justamente la gente que lo había visto en su peor momento, gritando entre las tumbas. Y el versículo 20 dice que aquel hombre se fue y comenzó a publicarlo en Decápolis, que eran diez ciudades, y todos se maravillaban. Así, un hombre sin preparación especial, mandado de vuelta a su propio barrio, llevó la noticia a toda esa región. Ahora miren otro caso, en Juan 1:40-42. Andrés acaba de encontrar a Jesús. ¿Y qué hace primero? Va y busca a Simón. Su propio hermano. Ni siquiera empezó por un amigo: empezó por su casa. Ese es el patrón de la Biblia y también el patrón de la vida real: la fe se mueve por las relaciones que ya existen.
La conversación (20 minutos)
1. ¿Por qué crees que Jesús no dejó ir con Él al hombre de Gadara? 2. Aquella gente lo había visto en su peor momento. ¿Eso le hacía a él más difícil o más fácil hablarles? 3. ¿Quiénes son «los tuyos» para ti? Nombra las categorías: familia, vecinos, trabajo, estudio, amistades. 4. ¿Hay alguien de tu casa a quien te cuesta más hablarle que a un desconocido? ¿Por qué crees que pasa eso? 5. Andrés fue primero por su hermano. ¿A quién irías tú primero, si te atrevieras?
El ejercicio (10 minutos)
Este es el ejercicio más importante del curso. Dale tiempo de verdad, sin apurar. Cada uno abre su cuaderno en la página «Mis cinco» y escribe cinco nombres. Personas concretas, con nombre y apellido si hace falta, que están fuera de su círculo de la iglesia y que ya trata en su vida cotidiana. Cuatro indicaciones que hay que dar en voz alta: que sean personas reales, no categorías como «mis vecinos». Que sean gente con la que ya se cruza, no alguien a quien tendría que ir a buscar. Que no tienen que ser cinco exactos: si salen tres, van tres. Y que esta lista no se le entrega a nadie. Si alguien se traba y no le sale ninguno, ayúdalo con preguntas concretas y en privado: ¿quién te vende? ¿quién trabaja a tu lado? ¿a quién saludas todos los días? ¿quién de tu familia está fuera de tu círculo de la iglesia? Al terminar, ora tú en voz alta por esas listas, sin leer ningún nombre.
La tarea de esta semana
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Ora por tus cinco todos los días de esta semana, por nombre. Un minuto basta.
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Marca en tu hoja de seguimiento los días que oraste.
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Todavía no hay que hablar con nadie. Esta semana sigue siendo de oración.
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Una sola cosa práctica: trátalos con la cercanía de siempre, sin convertirlos en un proyecto.
Oración de cierre
Señor, tú pusiste a estas personas cerca de nosotros y eso no fue casualidad. Te las entregamos por nombre. Prepara sus corazones antes de que nosotros abramos la boca, y prepáranos a nosotros. En el nombre de Jesús, amén.
Sesión 3 · Cómo se empieza
Pasaje: Juan 4:1-30
Idea central Se escucha antes de hablar. La conversación empieza con una pregunta, no con un sermón.
Materiales: Biblias, cuadernos, lápices.
Antes de la sesión
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Lee Juan 4:1-30 completo, con calma, fijándote en cómo conversa Jesús.
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Prepara la dinámica de las parejas: vas a necesitar espacio para que se sienten de dos en dos.
Para abrir (10 minutos)
Pregunta: «¿Con quién te resulta fácil hablar de cosas importantes? ¿Qué hace esa persona para que te sientas en confianza?» Deja que hablen. Van a salir cosas muy útiles: que escucha, que se interesa de verdad, que no tiene prisa, que respeta. Anota lo que digan en un papel o pizarra, porque es la lista de lo que sí vamos a hacer. Cierre: «Hoy vamos a ver cómo empezó Jesús la conversación más famosa de este tipo en toda la Biblia. Y no empezó predicando.»
El texto (15 minutos)
Lean Juan 4:1-30 por turnos. Es largo, vale la pena. Primero el contexto, que importa: Jesús era judío y ella samaritana, y entre judíos y samaritanos no había trato. Ella era mujer, y un maestro no hablaba en público con una mujer desconocida. Y estaba sacando agua al mediodía, la hora de más calor. Es decir: Jesús cruzó barreras que todos los demás respetaban.
Trabajen el detalle: Pregunta: «¿Con qué frase empieza Jesús la conversación?» La respuesta está en el versículo 7: «Dame de beber.» No empezó predicando. Empezó pidiéndole un favor a ella.
Piénsenlo bien. Le pidió algo. La puso a ella en el lugar del que puede dar. No llegó como el que viene a arreglarle la vida a nadie: llegó como el que necesita agua. Después miren cómo avanza. Ella responde con una objeción —«¿cómo tú, siendo judío, me pides a mí?»— y Jesús no discute la objeción. La lleva a otro nivel: le habla de un agua distinta. Cuando toca el punto doloroso de su vida, tampoco la acusa. Le dice que vaya y llame a su marido, y deja que sea ella la que diga la verdad. Y cuando ella lo dice, Jesús le reconoce que dijo bien. La trató con dignidad en el momento más incómodo. Y hay un detalle que vale la pena notar: cuando ella saca un tema religioso complicado — el del monte y el de Jerusalén, la vieja pelea entre judíos y samaritanos— Jesús responde en dos frases y vuelve a lo que importa. No se enredó en la discusión. Al final ella dejó su cántaro y se fue al pueblo a decirle a la gente que viniera a ver. El cántaro era lo que había ido a buscar. Lo dejó ahí. Fíjense en cuánto espacio le da a ella para hablar.
La conversación (20 minutos)
1. ¿Por qué crees que Jesús empezó pidiéndole agua en vez de hablarle de Dios? 2. ¿Qué habría pasado si se enreda en la discusión del monte contra Jerusalén? 3. ¿Cómo tocó el tema difícil de su vida sin humillarla? 4. De la lista que hicimos al principio, ¿cuáles de esas cosas hizo Jesús? 5. ¿Qué pregunta podrías hacerle esta semana a alguno de tus cinco, sin que suene a que le vas a predicar?
El ejercicio (10 minutos)
En parejas. Uno habla dos minutos de cómo le está yendo esta semana, lo que quiera contar; el otro solo escucha. No puede dar consejos, ni citar versículos, ni contar algo suyo. Solo escuchar y, si acaso, preguntar. A los dos minutos se cambian. Después pregunta al grupo: «¿Qué fue más difícil, hablar o quedarse callado escuchando?» Escucha lo que digan. Cierre: «Esto que acabamos de hacer es una gran parte de evangelizar. La gente no se abre con el que le habla: se abre con el que la escucha.» Cada uno anota en su cuaderno una pregunta concreta que podría hacerle esta semana a alguno de sus cinco.
La tarea de esta semana
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Sigue orando por tus cinco todos los días.
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Esta semana sí hay algo que hacer: ten una conversación con al menos uno de ellos. Pero no de Jesús: de él. Pregúntale cómo está y escúchalo de verdad.
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Marca en tu hoja de seguimiento con quién hablaste.
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Si en esa conversación se abre una puerta, entra. Si no se abre, dale tiempo.
Oración de cierre
Señor, enséñanos a escuchar como escuchaste tú. Quítanos las ganas de ganar discusiones y danos ganas de entender a la gente. Y cuando llegue el momento de hablar, que sepamos reconocerlo. En el nombre de Jesús, amén.
Sesión 4 · Qué digo cuando llegue el momento
Pasaje: Juan 9:1-38 y 1 Pedro 3:15
Idea central No hace falta saberlo todo. Hace falta poder contar lo que a uno le pasó.
Materiales: Biblias, cuadernos, lápices, los papelitos de la sesión 1, folletos para repartir.
Antes de la sesión
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Lee Juan 9 completo y 1 Pedro 3:15.
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Busca los papelitos con los miedos de la sesión 1. Los vas a devolver hoy.
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Ten listos los folletos «Hay algo que no está bien» para entregar uno a cada participante, más algunos de sobra.
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Prepara tu propio testimonio en tres minutos. Lo vas a contar como ejemplo.
Para abrir (10 minutos)
Saca los papelitos de la primera sesión y ponlos en el centro del círculo. Di: «Hace tres semanas escribimos aquí lo que nos daba miedo. Hoy vamos a ver qué contestarle a casi todo eso.» Pregunta: «¿Cuál es el miedo que sigue en pie hoy?» Deja que respondan. Puede que quede uno: «¿y si me preguntan algo que no sé responder?»
El texto (15 minutos)
Lean Juan 9:1-38, o al menos los versículos 1-7 y 24-38. Un hombre ciego de nacimiento. Jesús le pone lodo en los ojos, lo manda a lavarse, y ve por primera vez en su vida. Y ahí empieza el interrogatorio. Los fariseos —los hombres más preparados de la ciudad, expertos en la ley— lo llaman y lo presionan. Le dicen que el que lo sanó es pecador. Le hacen preguntas de teología que él no puede responder.
Detente aquí. Pregunta: «¿Qué contestó él cuando lo acorralaron?» Que busquen el versículo 25 y lo lean en voz alta.
«Si es pecador, no lo sé; una cosa sé, que habiendo yo sido ciego, ahora veo.»
Juan 9:25
Esa es la frase más liberadora de todo este curso. Aquel hombre no ganó el debate teológico. No podía. Lo que hizo fue quedarse en lo único que sí sabía con certeza: lo que le había pasado a él. Y con eso bastó. No tienes que responder todas las preguntas difíciles ni ganarle una discusión a nadie. Puedes decir tres frases: cómo era yo antes, qué pasó, cómo estoy ahora. Nadie en el mundo puede discutirte eso, porque es tuyo. Y si te preguntan algo que no sabes, la respuesta correcta es «no lo sé». Después añade: «déjame averiguarlo y te digo». Eso, además, te da una razón para volver a conversar.
«Estad siempre preparados para presentar defensa con mansedumbre y reverencia.» 1 Pedro 3:15
Fíjense en cómo lo dice el versículo. No dice que hay que ganar: dice con mansedumbre y reverencia.
La conversación (20 minutos)
1. ¿Qué habría pasado si el ciego hubiera tratado de discutir teología con los fariseos? 2. ¿Qué es lo que sí sabes con certeza de tu propia vida con Dios? 3. ¿Te da vergüenza decir «no lo sé»? ¿Por qué? 4. ¿Qué se hace cuando alguien pregunta con burla y no con interés real? 5. Si un amigo tuyo te dijera hoy «yo también quiero eso», ¿qué le dirías exactamente?
El ejercicio (10 minutos)
Cada uno escribe su testimonio en el cuaderno, en tres partes y tres frases: cómo era mi vida antes · qué pasó · cómo es ahora. Tres frases, no una página. Insiste en dos cosas: sin lenguaje de iglesia que un vecino no entendería, y sin exagerar. Un testimonio sencillo y verdadero convence más que uno espectacular. Después, en parejas, cada uno se lo cuenta al otro en voz alta. Es la primera vez que muchos lo van a decir en voz alta y por eso importa que sea aquí. Los que quieran, lo comparten con todo el grupo. Reparte el folleto y recórranlo juntos, página por página, para que sepan qué dice y cómo usarlo. Explica que el folleto no reemplaza la conversación: se entrega después de haber hablado, no en lugar de hablar.
La tarea de esta semana
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Esta semana ya no es tarea de curso: es lo que sigue para el resto de tu vida.
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Sigue orando por tus cinco.
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Cuéntale a uno de ellos lo que escribiste hoy, cuando se abra el momento.
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Cuando alguien muestre interés, invítalo: a la iglesia, a tu casa o a seguir conversando otro día. Si es menor de edad, con conocimiento de su familia; si es del otro sexo, con tu familia presente o en un lugar público.
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Y cuéntaselo al pastor o la pastora. Nadie tiene que acompañar solo a una persona que está empezando.
Oración de cierre
Señor, gracias porque no nos pides que seamos expertos, sino testigos. Danos memoria para no olvidar lo que hiciste con nosotros, humildad para decir «no lo sé», y valor para el momento en que se abra la puerta. Y a los cinco nombres que cada uno tiene escritos, alcánzalos tú. En el nombre de Jesús, amén.
Después de la cuarta sesión
Estas cuatro cosas ayudan a que el curso siga dando fruto, y ninguna cuesta dinero.
1. Un recordatorio mensual
Una vez al mes, en el culto o por el grupo de WhatsApp de la iglesia, recuérdales orar por sus cinco. Una frase basta. Nombrar la lista de vez en cuando la mantiene viva.
2. Una reunión de seguimiento a los dos meses
Una sola hora, sin contenido nuevo. Cada quien cuenta qué ha pasado con sus cinco, sin nombres ni detalles personales. Van a salir historias que animan mucho.
3. Nadie acompaña solo
Cuando alguien de la lista de un hermano muestre interés real, conviene que el pastor o la pastora, o un líder, entre a acompañar. Al hermano recién capacitado le queda grande sostener solo a alguien que está tomando una decisión de vida.
4. Repetir el curso
Da el curso otra vez en seis meses, con los que no pudieron venir. Y pídele a alguien del primer grupo que lo facilite. Ese es el verdadero fruto: que la iglesia pueda darlo sin depender de ti.
Sobre el registro
En la pieza «Registro interno de la iglesia» está la planilla para llevar la cuenta de este curso. Léela antes de usarla, porque tiene un criterio que conviene entender: se mide lo que la persona sí controla —si oró, si habló, si invitó— y no se mide cuántas almas ganó. Las decisiones se anotan, porque hacen falta para el seguimiento, pero nunca como meta ni como comparación entre hermanos. Un participante que oró por cinco nombres durante cuatro semanas y no tuvo ninguna conversación fue fiel, y el registro está hecho para poder decirle eso.
«Vete a tu casa, a los tuyos, y cuéntales.»
Marcos 5:19
Puede reproducirse libremente para uso de tu congregación. El texto bíblico conserva los derechos de su editor.
¡Dios te bendiga!