
Guía de clase · Intermediarios (9 a 12 años)
Las cinco clases desarrolladas, listas para dar
Cómo usar esta guía
Cada día de esta guía trae la clase completa: lo que debes preparar antes, cómo empezar, la historia contada palabra por palabra, las preguntas para conversar, una actividad y el cierre. No tienes que inventar nada. Lo único que te pedimos es que la leas el día anterior, en voz alta, y que la hagas tuya. La clase bíblica dura cuarenta y cinco minutos. Si algo se alarga, acorta la actividad y conserva la historia y el momento de conversar. Y si un día los niños se enganchan tanto en una pregunta que se va el tiempo, déjalos: eso que está pasando es exactamente lo que viniste a buscar.
Claves de esta edad
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A esta edad ya piensan con lógica y detectan las incoherencias. Si dices algo que no cuadra, van a preguntar. Responde con honestidad; si no sabes, di que no sabes y averígualo para mañana.
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Tienen un sentido de la justicia muy fuerte. Las historias donde alguien es tratado injustamente los atrapan, y las reglas aplicadas de manera desigual los enfurecen.
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Son competitivos. Úsalo a favor con retos y juegos por equipos, y cuida que los equipos cambien cada día para que nadie quede siempre en el que pierde.
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Quieren responsabilidades reales. Dales tareas de verdad: repartir, recoger, ayudar a los pequeños, leer en voz alta. Un encargo cumplido les vale más que un premio.
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Ya no quieren que los traten como niños chiquitos, pero todavía no son adolescentes. Háblales con respeto y sin infantilizar el vocabulario.
Sobre los niños que vienen por primera vez: algunos de tus alumnos nunca habrán abierto una Biblia. Cuídalos: lee tú el pasaje en voz alta, o pide que lean por turnos versículos que ya tienes marcados, y haz preguntas que cualquiera pueda responder.
Día 1 · Alguien tenía que llorar
Pasaje: Nehemías 1
Versículo de memoria: «Cuando oí estas palabras me senté y lloré.» Nehemías 1:4
Verdad central: Dios usa al que se conmueve por lo que está caído.
Materiales: Biblia, un ladrillo o piedra de verdad, hojas y lápices, los ladrillos de papel del día.
Antes de la clase
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Lee Nehemías capítulo 1 completo dos veces. Es corto.
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Consigue un ladrillo de verdad, o una piedra grande, y llévalo a la clase. Lo vas a usar en el arranque.
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Escribe en un papel el nombre de cada niño inscrito. Aprendértelos hoy te va a cambiar la semana entera.
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Ora por tus alumnos por nombre antes de salir de tu casa.
Para empezar (5 minutos)
Pon el ladrillo o la piedra en el centro, donde todos lo vean, y no digas nada durante unos segundos. Después pregunta: «¿Para qué sirve esto?» Deja que respondan lo que sea. Luego: «Un ladrillo solo no sirve para mucho. Pero muchos ladrillos, puestos uno encima del otro por gente que sabe lo que está haciendo, se convierten en una pared. Y una pared bien puesta puede proteger a una ciudad entera. Esta semana vamos a hablar de un hombre que un día se enteró de que la pared de su ciudad estaba en el suelo. Se llamaba Nehemías.»
La historia
Nehemías no vivía en Jerusalén. Vivía lejísimos, en la ciudad de Susa, en el palacio del rey de Persia, que era el hombre más poderoso del mundo en ese momento. Y Nehemías tenía un trabajo bueno: era el copero del rey. Eso significa que le servía el vino al rey.
Piénsenlo un momento: era un trabajo de altísima confianza. El copero estaba con el rey todos los días. Comía bien, vivía en el palacio, tenía la vida resuelta. Nehemías estaba bien. Un día llegó su hermano Hanani, que venía de Judá, del otro lado del mundo. Y Nehemías le preguntó por la gente que había quedado allá y por la ciudad de Jerusalén. La respuesta que recibió fue esta: la gente está en gran mal y afrenta, el muro de Jerusalén está derribado y sus puertas quemadas a fuego.
Detente aquí. Pregunta: «¿Qué habrían hecho ustedes con esa noticia?» Deja que respondan dos o tres, y recibe cada respuesta con respeto.
Fíjense bien en lo que Nehemías hizo, porque no es lo que uno esperaría de alguien que vive cómodo a más de mil kilómetros del problema. Él se sentó y lloró. Y no lloró un ratico. La Biblia dice que estuvo llorando y haciendo duelo por días, ayunando y orando delante de Dios. Nehemías podía haber dicho: qué lástima, pobre gente. Y seguir con su vida. Nadie lo hubiera criticado. Él no había tumbado ese muro. Él no vivía ahí. Él no era albañil, ni gobernador, ni soldado: era el que le servía el vino al rey. No era su problema. Pero se le metió adentro. Y cuando algo se te mete adentro de verdad, no te deja tranquilo. Entonces Nehemías hizo la única cosa que podía hacer desde donde estaba: se puso a orar. Y su oración tiene tres partes que vale la pena mirar. Primero le reconoció a Dios quién es Él. Segundo, confesó el pecado de su pueblo, y fíjense en el detalle: dijo «yo y la casa de mi padre hemos pecado». No dijo «ellos pecaron». Se incluyó. Y tercero, le recordó a Dios sus promesas y le pidió algo muy concreto: que le diera gracia delante de aquel hombre. Aquel hombre era el rey. O sea que Nehemías, mientras lloraba, ya estaba pensando en hacer algo. La oración no fue en lugar de actuar. Fue el principio de actuar.
«Concede ahora buen éxito a tu siervo, y dale gracia delante de aquel varón.»
Nehemías 1:11
Conversemos
1. ¿Por qué creen que Nehemías lloró por una ciudad en la que no vivía? 2. ¿Alguna vez algo que le pasó a otra persona los puso tristes a ustedes de verdad? ¿Qué fue? 3. Nehemías dijo «yo y la casa de mi padre hemos pecado» en vez de «ellos pecaron». ¿Por qué eso es distinto? 4. ¿Qué cosas hay cerca de nosotros que están «caídas» y que nadie parece notar? 5. Nehemías oró antes de hacer cualquier cosa. ¿Por qué no salió corriendo a Jerusalén de una vez?
Actividad: el mapa de lo que está caído (10 minutos)
Reparte una hoja a cada niño. Pídeles que dibujen o escriban una cosa que ellos ven a su alrededor que está «caída»: en su casa, en su cuadra, en su escuela, en su iglesia. Algo que a ellos les duela o les preocupe. No tienen que firmarlo si no quieren. Recoge las hojas y léelas al terminar la clase, en la iglesia; no te las lleves a tu casa. Si alguna hoja te deja inquieto por algo, conversa con el pastor o la pastora de tu iglesia, que podrán orientarte. Te van a decir mucho de tus alumnos, y vas a saber por qué orar toda la semana. El viernes las vas a necesitar de nuevo. Cierra la actividad diciendo: «Dios no le mostró ese muro caído a Nehemías para amargarle la vida. Se lo mostró porque lo iba a usar a él para levantarlo.»
Para la vida
Muchas veces pensamos que Dios usa solo a los que tienen un cargo, al que está adelante o al que sabe mucha Biblia. Y resulta que el hombre que Dios usó para levantar el muro de Jerusalén era el mesonero del rey. No tenía el cargo. Tenía el corazón. A ustedes les va a pasar lo mismo. Nadie les va a dar un título ni un puesto. Pero si algo les duele —un compañero al que molestan, un abuelo que está solo, un hermano que se está portando mal—, eso que les duele puede ser exactamente el lugar donde Dios los quiere usar. Antes de salir, cada niño coloca su ladrillo con su nombre en el muro de la pared. Explícales que ese muro va a estar vacío hoy y completo el viernes, y que lo van a levantar entre todos.
Oración final
Señor, gracias porque tú ves lo que está caído y no lo dejas así. Ponnos el corazón sensible para que nos duela lo que a ti te duele. Y cuando nos duela, no nos dejes quedarnos quietos. Enséñanos a orar y a levantarnos. En el nombre de Jesús, amén.
Día 2 · El plan antes del martillo
Pasaje: Nehemías 2
Versículo de memoria: «Venid, y edifiquemos el muro de Jerusalén.» Nehemías 2:17
Verdad central: La obra de Dios se prepara, no se improvisa.
Materiales: Biblia, papel y lápices, una tarea sorpresa para el arranque, ladrillos de papel del día.
Antes de la clase
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Lee Nehemías capítulo 2 completo.
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Prepara la dinámica de arranque: necesitas una tarea que se pueda hacer mal por falta de plan (ver abajo).
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Llama a la casa, al representante, para saber de los niños que ayer no vinieron o que se veían solos.
Para empezar (7 minutos)
Divide la clase en dos equipos. A los dos les das exactamente la misma tarea: construir la torre más alta posible con los materiales que les entregues (hojas de papel, tirro o pega, y nada más). Tienen cinco minutos. Pero hay una diferencia que no anuncias: al equipo A le das los materiales y le dices «arranquen ya». Al equipo B le dices «tienen un minuto para planificar antes de tocar nada, y luego cuatro minutos para construir». Lo más probable es que gane el equipo B, aunque haya construido menos tiempo. Si por casualidad gana el A, aprovéchalo igual: pregunta a los del B si les sirvió pensar antes, y qué habría pasado con una torre más difícil. Cierra: «Hoy vamos a ver que Nehemías no agarró un martillo el primer día. Antes hizo tres cosas que nadie vio.»
La historia
Habían pasado cuatro meses desde que Nehemías recibió la mala noticia. Cuatro meses orando. Y un día estaba sirviéndole el vino al rey y el rey le vio la cara. «¿Por qué está triste tu rostro, si no estás enfermo?», le preguntó. Y la Biblia dice algo que muestra lo peligrosa que era esa conversación: Nehemías temió en gran manera.
Ponerse triste delante del rey podía ser peligroso; el copero estaba ahí para dar confianza, no para dar problemas. Nehemías le contó la verdad: la ciudad de mis padres está destruida y sus puertas quemadas. Y el rey le hizo la pregunta más importante de toda esta historia: «¿Qué cosa pides?»
Detente aquí. Pregunta: «Si el hombre más poderoso del mundo les preguntara hoy qué quieren, y tuvieran que responder ya mismo, ¿qué dirían?» Deja que respondan, y recibe cada respuesta con respeto.
Aquí es donde se nota que Nehemías llevaba cuatro meses preparándose. Antes de contestar, hizo una oración de un segundo: oró al Dios de los cielos. Y después le respondió al rey con una precisión que no se improvisa. No dijo «ayúdame». Dijo exactamente esto: envíame a Judá para reedificarla. Y cuando el rey le preguntó cuánto tiempo se tardaría, Nehemías le dio una fecha. Ya la tenía pensada. Y todavía pidió más: cartas para los gobernadores de las provincias del camino, para que lo dejaran pasar. Y una carta para Asaf, el guardabosques del rey, para que le diera madera para las puertas, para el muro y para su propia casa. Sabía hasta el nombre del encargado de la madera. Ese hombre había pensado en todo. Mientras lloraba y oraba, estaba haciendo cuentas. El rey se lo concedió todo. Y Nehemías escribe una frase que explica lo que realmente pasó: «según la benéfica mano de mi Dios sobre mí». Cuando llegó a Jerusalén, hizo algo todavía más raro. No convocó a nadie. No dio un discurso. Se esperó tres días. Y al tercer día salió de noche, con unos pocos hombres, sin decirle a nadie lo que Dios le había puesto en el corazón, y recorrió el muro caído inspeccionándolo. Vio los escombros. Midió el desastre. En un tramo la bestia en que iba montado ni siquiera podía pasar, de tanto escombro que había. Solo después de eso —cuatro meses de oración, un pedido preciso al rey, y una inspección de noche— reunió a la gente y les dijo:
«Vosotros veis el mal en que estamos... Venid, y edifiquemos el muro de Jerusalén, y no estemos más en oprobio.» Nehemías 2:17
Y la gente respondió: «Levantémonos y edifiquemos.» Y esforzaron sus manos para bien.
Conversemos
1. ¿Por qué creen que Nehemías salió a mirar el muro de noche y sin decirle a nadie? 2. Nehemías oró un segundo antes de contestarle al rey. ¿Se puede orar así, tan rápido? ¿Cuándo lo harían ustedes?
3. Él pidió cosas muy específicas: cartas, madera, un plazo. ¿Qué habría pasado si solo hubiera dicho «ayúdeme, majestad»? 4. La gente le dijo que sí de una vez. ¿Por qué creen que le creyeron? 5. ¿En qué se parece esto a la torre que construimos al principio de la clase?
Actividad: mi plan de una cosa (10 minutos)
Cada niño escoge una cosa que quiere hacer o cambiar —de verdad, no una fantasía— y escribe en una hoja tres cosas: qué quiere lograr, qué necesita para lograrlo, y a quién le tiene que pedir ayuda. Ejemplos por si se traban: mejorar en una materia, arreglar algo que se rompió en la casa, hacer las paces con alguien, aprender a tocar algo, ayudar a un vecino. Los que quieran, leen el suyo en voz alta. Elogia los planes concretos y ayuda a aterrizar los que sean muy vagos, con preguntas y no con correcciones: «¿y quién te podría dar eso?», «¿para cuándo?».
Para la vida
Hay dos maneras de fallarle a Dios con una buena intención. Una es no hacer nada. La otra es salir corriendo sin pensar y estrellarse a los tres días. Nehemías nos enseña una tercera: orar en serio, pensar en serio, mirar el problema de frente aunque sea de noche y aunque duela verlo, y recién ahí hablar. Esta semana, cuando algo les nazca hacer, háganse estas tres preguntas: ¿ya oré por esto?, ¿ya miré bien cómo está la cosa de verdad?, ¿qué necesito y a quién se lo tengo que pedir? Coloquen su ladrillo en el muro antes de salir.
Oración final
Señor, enséñanos a no ser de los que hablan mucho y hacen poco, ni de los que salen corriendo sin pensar. Danos paciencia para prepararnos y valor para empezar cuando llegue el momento. Y como a Nehemías, pon tu buena mano sobre nosotros. En el nombre de Jesús, amén.
Día 3 · Cada quien su tramo
Pasaje: Nehemías 3
Versículo de memoria: «Cada uno enfrente de su casa.» Nehemías 3:28
Verdad central: Nadie construye el muro completo, pero nadie sobra.
Materiales: Biblia, un rompecabezas o una hoja cortada en piezas, marcadores, ladrillos de papel del día.
Antes de la clase
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Lee Nehemías capítulo 3. Es un capítulo de listas de nombres y a primera vista parece aburrido; léelo pensando que cada nombre es una persona real que se paró en un pedazo de escombro.
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Prepara el rompecabezas: toma un dibujo o una hoja con una frase grande escrita y córtala en tantas piezas como niños haya. Guarda una pieza escondida.
Para empezar (7 minutos)
Reparte una pieza del rompecabezas a cada niño y pídeles que lo armen entre todos en el piso o en una mesa. Deja que lo terminen. Cuando estén orgullosos del resultado, hazles notar que falta una pieza —la que escondiste— y muéstrasela. Pregunta: «¿Sirve de algo esta pieza sola?» No. «¿Se nota si falta?» Sí, muchísimo. Cierra: «Ninguna pieza sirve sola. Y ninguna pieza sobra. Hoy vamos a leer un capítulo de la Biblia que es una lista de nombres, y les va a parecer el más aburrido de todos hasta que entiendan qué es realmente.»
La historia
El capítulo tres de Nehemías es una lista. Nombre, tramo, nombre, tramo. Fulano reparó desde aquí hasta allá. Mengano restauró la puerta tal. Y así, decenas de veces. Uno lo lee rápido y pasa la página. Pero deténganse a pensar qué significa esa lista: cada nombre es una persona que un día cualquiera dejó lo que estaba haciendo, se paró frente a un montón de escombros y dijo «este pedazo es mío». Y miren quiénes eran, porque es lo más interesante de todo.
Estaba Eliasib el sumo sacerdote con sus hermanos sacerdotes: los hombres más religiosos de la ciudad, cargando piedras. Estaban los orfebres, que trabajaban el oro y la plata: manos finas, trabajo delicado, y ahí estaban levantando muro. Estaban los perfumeros. Estaban los mercaderes. Gente de otros oficios. Estaba Salum, el gobernante de la mitad de Jerusalén, y trabajó él con sus hijas. Sus hijas. Ahí están, escritas en la Biblia, levantando muro. Estaba gente que vino de otros pueblos, de Jericó, de Tecoa, de Gabaón, a reparar un muro que ni siquiera protegía sus casas. Y estaba una frase que se repite una y otra vez en el capítulo: cada uno enfrente de su casa. Muchos repararon justo el pedazo que les quedaba en la puerta. No fueron a buscar el tramo más importante, ni el más visible, ni el que saldría en la foto. Agarraron el que tenían delante.
Detente aquí. Pregunta: «¿Cuál creen que era el tramo más importante del muro?» Deja que discutan. La respuesta es que ninguno: un muro con un solo hueco no protege nada.
Pero hay un detalle en ese capítulo que no se puede saltar. Cuando habla de la gente de Tecoa, la Biblia dice que trabajaron, y añade: «pero sus grandes no se prestaron para ayudar a la obra de su Señor». O sea: los importantes de Tecoa no quisieron ensuciarse las manos. Y ahí quedaron, escritos para siempre. Miles de años después seguimos leyendo que los de Tecoa trabajaron y sus jefes no. Toda esa gente distinta, sin experiencia, cada uno en su pedacito, levantó una muralla que llevaba más de cien años en el suelo.
Conversemos
1. ¿Por qué creen que Dios se tomó el trabajo de que quedaran escritos los nombres de gente común? 2. Los orfebres y los perfumeros no sabían construir. ¿Por qué se metieron igual? 3. ¿Qué significa «cada uno enfrente de su casa»? ¿Cuál sería el tramo que ustedes tienen enfrente? 4. ¿Qué les pasó a los grandes de Tecoa? ¿Por qué creen que no quisieron? 5. ¿Han sentido alguna vez que en un grupo ustedes no hacían falta? ¿Qué les dice esta historia?
Actividad: el muro de la clase (12 minutos)
Entrega a cada niño su ladrillo de papel de hoy, más grande de lo normal. Cada uno escribe en él una cosa concreta que él sí puede hacer: algo que sabe hacer, algo en lo que es bueno, o algo con lo que puede ayudar en su casa o en la iglesia.
Cuida que todos escriban algo. Si alguno dice que no sirve para nada, ayúdalo con cariño: seguro sabe cargar, ordenar, ayudar a alguien, hacer reír, escuchar. Ese niño es probablemente el que más necesita esta clase. Peguen los ladrillos juntos formando una sección del muro, todos pegados unos a otros, sin dejar huecos. Que se vea que ninguno está solo.
Para la vida
Hay una mentira que uno se cree desde chiquito: que solo sirve el que hace la parte grande. El que está adelante, el que saca veinte. Nehemías 3 dice lo contrario. El muro se levantó porque decenas de personas normales agarraron un pedazo pequeño y lo hicieron bien. Ninguna hizo el muro. Todas hicieron el muro. Tu tramo probablemente esté enfrente de tu casa: tu hermano menor, tu abuela, un compañero al que nadie le habla, un rincón de la iglesia que nadie ordena. No esperes que te den un tramo importante. Agarra el que tienes delante.
Oración final
Señor, gracias porque en tu obra no sobra nadie. Perdónanos cuando creemos que no servimos, y perdónanos también cuando nos creemos demasiado importantes para ayudar. Muéstranos cuál es el tramo que tenemos enfrente y danos ganas de trabajarlo. En el nombre de Jesús, amén.
Día 4 · Los que se burlan
Pasaje: Nehemías 4 y 6
Versículo de memoria: «Yo hago una gran obra, y no puedo ir.» Nehemías 6:3
Verdad central: El desánimo y la burla no detienen al que sabe para quién trabaja.
Materiales: Biblia, papelitos, una carga pesada para la dinámica, ladrillos de papel del día.
Antes de la clase
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Lee Nehemías 4 completo y Nehemías 6:1-16.
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Esta es la clase más importante de la semana en términos de vida real. Prepárala con calma.
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Piensa de antemano en un ejemplo tuyo, verdadero, de una vez que se burlaron de ti o te desanimaron. Lo vas a contar: así la clase se vuelve vida real.
Para empezar (6 minutos)
Haz tú algo sencillo delante de todos: camina de un lado al otro del salón cargando algo, o arma una torrecita. Pídeles a los niños que, de juego, te digan cosas como «no vas a poder», «eso está torcido», «te va a quedar feo». Después de medio minuto, detén la dinámica. Cuéntales cómo se siente oír eso, aunque sea de juego, y pregúntales si les costó decirlo o si les salió fácil. Cierra con honestidad: «Eso que acabamos de hacer de mentira, a Nehemías se lo hicieron de verdad, y no medio minuto: durante toda la obra.»
La historia
Apenas empezaron a construir, aparecieron los enemigos. Se llamaban Sanbalat, Tobías y Gesem, y no eran ladrones ni un ejército: eran vecinos importantes a los que no les convenía que Jerusalén se levantara. Empezaron por lo más barato: la burla. Sanbalat se enfureció y se burló de los judíos delante de sus hermanos y del ejército: «¿Qué hacen estos débiles judíos? ¿Acabarán en un día?» Y Tobías, que estaba al lado, remató con una frase que era pura crueldad: «Lo que ellos edifican del muro de piedra, si subiere una zorra lo derribará.»
Fíjense en la estrategia. No los atacaron: los ridiculizaron. Les dijeron que eran débiles, que iban lentos, y que lo que estaban haciendo era tan malo que se caía solo con que un animalito lo pisara.
Detente aquí. Pregunta: «¿Por qué burlarse funciona tan bien para desanimar a alguien?» Deja que respondan. Muchos van a hablar desde su propia experiencia; escúchalos con calma.
Cuando la burla no funcionó, subieron el nivel: conspiraron para venir a atacar la obra. Y Nehemías hizo dos cosas al mismo tiempo, y esas dos cosas juntas son la lección de hoy: oró a Dios, y puso guarda contra ellos de día y de noche. Oró y montó guardia. Ni solo lo uno ni solo lo otro. Pero llegó lo peor, y no vino de los enemigos: vino de adentro. La propia gente de Judá empezó a decir: «Las fuerzas de los acarreadores se han debilitado, y el escombro es mucho, y no podemos edificar el muro.» Estaban cansados. Y el cansancio dice cosas que la burla no logra que uno se crea. Ahí Nehemías organizó a la gente por familias, con sus espadas y sus lanzas, y les dijo la frase que sostuvo toda la obra: «No temáis delante de ellos; acordaos del Señor, grande y temible, y pelead por vuestros hermanos, por vuestros hijos y por vuestras hijas, por vuestras mujeres y por vuestras casas.» Les recordó para quién estaban trabajando. Y siguieron construyendo con una mano en la obra y un arma en la otra. Al final, cuando ya el muro estaba casi listo, los enemigos cambiaron de táctica otra vez y probaron con la más peligrosa de todas: la invitación amable. Le mandaron a decir cuatro veces: «Ven y reunámonos en alguna de las aldeas en el campo de Ono.» Querían sacarlo de la obra. Y Nehemías les mandó la respuesta más corta y más firme de todo el libro:
«Yo hago una gran obra, y no puedo ir», y explicó que la obra se detendría si la dejaba para ir con ellos. Nehemías 6:3
Cuatro veces se lo pidieron. Cuatro veces respondió lo mismo.
Conversemos
1. ¿Cuál fue peor: la burla de los enemigos o el cansancio de los propios trabajadores? ¿Por qué? 2. Nehemías oró y también puso guardias. ¿Por qué no bastaba con solo orar? 3. «Yo hago una gran obra y no puedo ir.» ¿A qué cosas tendrían que decirle ustedes esa frase? 4. ¿Cómo se dan cuenta de la diferencia entre alguien que los corrige porque los quiere y alguien que los está desanimando? 5. Cuando se burlan de algo que ustedes están haciendo bien, ¿qué hacen normalmente?
Actividad: lo que me dicen y lo que Dios dice (12 minutos)
Reparte a cada niño un papelito. En un lado escriben algo que alguien les ha dicho que los desanimó —una burla, un «no vas a poder», un apodo. No lleva nombre y nadie lo va a leer en voz alta. Del otro lado escriben una verdad de Dios que responde a eso. Ayúdalos: que Dios los conoce, que los hizo, que tiene un plan, que no los deja. Puedes darles dos o tres versículos escritos en el pizarrón para copiar. Los que quieran pueden romper o arrugar el papel del lado de la burla al terminar; es opcional. Guarda los que se queden sin romper y ora por ellos esta noche.
Para la vida
Puede que alguien se burle de ustedes por seguir a Jesús: en el liceo o en la calle. Y puede haber días en que el desánimo no venga de los que se burlan, sino de ustedes mismos: cansados, con mucho escombro por delante y con la sensación de que no se puede. Aprendan la doble respuesta de Nehemías: orar y trabajar. Y la frase corta para cuando quieran sacarlos de lo que Dios les puso a hacer: yo hago una gran obra, y no puedo ir.
Oración final
Señor, tú sabes lo que duele que se burlen de uno. Danos la piel firme y el corazón blando: que las palabras de la gente no nos tumben, pero que las tuyas nos sigan tocando. Y cuando estemos cansados, recuérdanos para quién estamos trabajando. En el nombre de Jesús, amén.
Día 5 · Terminado en 52 días
Pasaje: Nehemías 6:15-16 y 8:1-12
Versículo de memoria: «El gozo de Jehová es vuestra fuerza.» Nehemías 8:10
Verdad central: Lo que Dios empieza, Dios lo termina — y se celebra leyendo su Palabra.
Materiales: Biblia, las hojas de la actividad del día 1, los últimos ladrillos, algo para celebrar.
Antes de la clase
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Lee Nehemías 6:15-16 y todo el capítulo 8.
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Busca las hojas de «lo que está caído» que los niños escribieron el primer día. Hoy las vas a devolver.
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Hoy es el último día, y el pastor o la pastora de la iglesia hace la invitación. Tú acompaña con cariño y con calma, para que cada uno responda a su ritmo. Si alguno se queda a hablar contigo, que sea a la vista, con otro adulto cerca.
Para empezar (5 minutos)
Lleva a los niños al muro de la pared y párense todos frente a él. Está casi completo. Pregunta: «¿Se acuerdan cómo estaba esta pared el lunes?» Déjalos hablar. Que noten lo que hicieron en cinco días. Cierra: «Hoy vamos a ver cómo terminó el muro de Nehemías, y qué hicieron cuando lo terminaron. No es lo que ustedes se imaginan.»
La historia
El muro de Jerusalén llevaba más de cien años en el suelo. Cien años. Nadie había podido levantarlo. Nehemías y esa gente común lo terminaron en cincuenta y dos días. Y la Biblia registra la reacción de los enemigos, que es una de las frases más impresionantes del libro: cuando todos los que los rodeaban lo oyeron, se sintieron humillados, «y conocieron que por nuestro Dios había sido hecha esta obra».
Fíjense: hasta los enemigos entendieron que esa obra no era solo de un buen grupo de albañiles. Ahí había pasado algo más grande: Dios la había hecho.
Detente aquí. Pregunta: «¿Qué harían ustedes el día que terminan algo así? ¿Cómo lo celebrarían?» Deja que propongan. Van a decir fiesta, comida, música. Todas buenas respuestas.
Ahora escuchen lo que hicieron ellos. Todo el pueblo se juntó como un solo hombre en la plaza, y le pidieron a Esdras el escriba que trajera el libro de la ley de Dios. Pidieron la Palabra. Y Esdras leyó desde el alba hasta el mediodía. De pie. Y todo el pueblo estuvo atento, de pie también, todo ese tiempo. Cuando abrió el libro, la gente se puso de pie sola. Había hombres ayudando a que la gente entendiera lo que se leía, explicándoselo, porque de nada sirve leer si no se entiende. Y pasó algo que nadie esperaba: la gente empezó a llorar. Al escuchar la Palabra de Dios lloraban; quizá se daban cuenta de cuánto se habían apartado. Entonces Nehemías y Esdras les dijeron: «Día santo es a Jehová nuestro Dios; no os entristezcáis, ni lloréis.» Y les mandaron a hacer fiesta: comer bien, tomar dulce, y —esto es clave— enviar porciones a los que no tenían nada preparado.
«No os entristezcáis, porque el gozo de Jehová es vuestra fuerza.» Nehemías 8:10
Fíjense en el orden completo de la historia. Un hombre se conmovió. Oró. Planificó. La gente agarró cada uno su tramo. Aguantaron burla y cansancio. Terminaron. Y cuando terminaron, se pararon a escuchar a Dios y después hicieron fiesta, y en la fiesta se acordaron del que no tenía. Esa es la obra completa.
Conversemos
1. ¿Por qué creen que la gente pidió la Palabra y no una fiesta? 2. Lloraron al escuchar la Palabra. ¿Por qué alguien lloraría escuchando la Biblia? 3. Nehemías les dijo que no lloraran y que hicieran fiesta. ¿Estaba mal que lloraran? 4. «El gozo de Jehová es vuestra fuerza.» ¿Qué creen que quiere decir eso? 5. Mandaron comida a los que no tenían. ¿Por qué eso era parte de la celebración?
Actividad: lo que estaba caído (12 minutos)
Devuelve a cada niño la hoja que escribió el lunes, donde puso algo que veía «caído» a su alrededor. Pídeles que le agreguen ahora, abajo, una sola cosa: qué van a hacer ellos con eso. Un paso pequeño y posible, no una promesa grande.
Los que quieran comparten. Después coloquen el último ladrillo en el muro y mírenlo terminado, entre todos. Digan juntos, en voz alta, el versículo lema de la semana: «Venid, y edifiquemos el muro de Jerusalén, y no estemos más en oprobio.»
Para la vida
Esta semana hablamos de un muro de piedra. Pero hay algo caído que Jesús vino a levantar, y no es una pared: es la relación entre Dios y nosotros, que se rompió por el pecado. Nosotros no podemos reconstruir eso por nuestra cuenta, por muy buenos que seamos. Por eso Jesús murió en la cruz y resucitó: para levantar lo que estaba caído entre Dios y nosotros. Hoy el pastor o la pastora de la iglesia les va a hacer una invitación. Escúchenla con calma.
Oración final
El maestro la dice en voz alta, según la costumbre de su iglesia. Quien quiera, la repite en voz baja o en su corazón; no se repite en coro.
Señor Jesús, gracias por esta semana. Gracias porque tú no dejas caído lo que amas. Enséñanos a construir contigo. Amén.
«Venid, y edifiquemos.»
Nehemías 2:17
¡Dios te bendiga!